La ciudad
se ensombrece antes del amanecer. Las asfixiantes paredes del progreso son
recuerdos patagónicos frente al denso aire que abriga a los eternos iluminados.
El sol fue
asfixiado y con él se extinguieron todas las esperanzas del reparo.
La garganta
seca predice el fin de las plegarias y el inicio de la procesión de las flores.
Mientras,
la ciudad se niega tras un manto de preocupación y las estrellas se asfixian en
la misma turbiedad en la que ahora me aventuro, más por irresponsable que por
necesidad.
Ya casi no
tropiezo con la gente, la ciudad fue quedando desierta desde hace cuadras y no
sé si ya estoy solo o aún me acompaña el humo de los ancestros consumiéndose.
Mientras la
ciudad se desvanece detrás de las cenizas antes del amanecer, me pregunto si tal vez ya morí y el pesado humo sean los
sueños incumplidos.


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