Aturdido y
sin nada que perder, atento contra mis propios sueños.
Los días
grises parecen nunca llegar, el resplandor ya quemó toda mi piel y la cuenca de
mis ojos, en la no queda más que las cenizas de las flores que antaño destruían
la desidia a fuerza de colores.
El invierno
parece nunca llegar, comienzo a pensar que aquella despedida fue la última y la
eterna primavera condenará mis sueños a morir incinerados bajo el perturbador
resplandor de las hojas.
Los
absolutistas de la ignorancia festejan bajo el monótono cielo celeste, pues
claro, sus ojos siempre fueron cenizas y sus palabras vacías.


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