El afilado
frío de la mañana divide mis sueños entre realidades algunas veces
inexistentes.
El furioso clamor
de las bestias me despabila aún sin haber abandonado el insomnio.
Me
descuelgo de una nube fría, gris, metálica y el viento me empuja, cruzo la
plaza mientras todo a mi alrededor se derrumba. Algunas estatuas se obsesionan
con la idea de la eterna verticalidad.
El
inconfundible frío de la melancolía encuentra mis ojos cuando, por la vereda de
enfrente, me veo volver, consternado, dividido. Allá el frío aún conserva su
resplandor y el cielo es igual de gris.
Entonces el
desconcierto invade mi frágil conciencia. El desconcierto de verme volver a la
realidad una y otra vez. El desconcierto de verme no ser el mismo que esa
mañana vio a las estatuas quebrarse en mil ecos.


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