Con pavor
escucho las risas del cuarto contiguo, me niego a entrar pero creo que es
imposible escapar a mi destino, no por que se trate del destino sino por cruel.
Intento
refugiarme en la fragilidad de mis ideas y no sé si le temo más a las risas o
su traición.
A mis
espaldas escucho la embriagante melodía de la ironía que en mis ojos suena como
una brisa que huele a arena y sal, a soñador empedernido.
Me refugio
en un sueño lejano, que nunca fue interpretado. Con cavilación sueño a un
buscador incansable, detrás del sueño del movimiento continuo. Mi sueño no se
interrumpe pese a las risas provenientes del otro lado de las paredes, es que
el amanecer nunca sucede en estos desiertos fríos y me encuentro sentado en el
borde de una escalera esperando que los cristales se pongan en marcha.
El piso se
mueve y camino sobre el agitado mar de hierros retorcidos de la rueda de
Eiffel. Trato de descubrir el secreto que aún la mantiene en movimiento. Frente
a mis ojos una voz marca el silencio que existe entre el choque de los metales
y creo que allí está la clave para soñar continuamente. En el silencio está el
secreto que mantiene los sueños en continuo movimiento.


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