martes, octubre 23, 2012

El sonido de las cenizas


Contrariamente a lo que pensarían algunos teólogos de la cotidianidad, las cenizas de una brisa gélida solo sirve para mantener a las estatuas en cautiverio. El frío aún no termina de azotar mi paciencia y no creo llegar al invierno sin tirar otra cabeza de cemento al fuego, que las consume como un soplido a un copo de nieve.
Afuera la noche mantiene al desierto en calma. Aquí adentro hay tormenta de arena y envuelvo mi cabeza con la manta que cubre los sueños de mi musa, allí en las noches del oasis, para no confundirme con las estatuas y rodar por equivocación hasta las fauces del fuego más cercano. Las cabezas rodarán para alimentar el fuego de mis sueños y se consumirán dejando a merced del sonido del viento las cenizas de su vacío. El viento remolineará las cenizas por sobre el oasis, donde descansa mi musa, y las convertirá en polvo de estrellas en sus ojos. Esas mismas estrellas que me guiarán en el desierto. Esos ojos que iluminarán la locura del sueño junto a mi musa.

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