Contrariamente
a lo que pensarían algunos teólogos de la cotidianidad, las cenizas de una
brisa gélida solo sirve para mantener a las estatuas en cautiverio. El frío aún
no termina de azotar mi paciencia y no creo llegar al invierno sin tirar otra
cabeza de cemento al fuego, que las consume como un soplido a un copo de nieve.
Afuera la
noche mantiene al desierto en calma. Aquí adentro hay tormenta de arena y
envuelvo mi cabeza con la manta que cubre los sueños de mi musa, allí en las
noches del oasis, para no confundirme con las estatuas y rodar por equivocación
hasta las fauces del fuego más cercano. Las cabezas rodarán para alimentar el
fuego de mis sueños y se consumirán dejando a merced del sonido del viento las
cenizas de su vacío. El viento remolineará las cenizas por sobre el oasis,
donde descansa mi musa, y las convertirá en polvo de estrellas en sus ojos. Esas
mismas estrellas que me guiarán en el desierto. Esos ojos que iluminarán la
locura del sueño junto a mi musa.


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