Historias
vacías, historias aburridas, como un café olvidado en una mesa, enfriándose
junto a un jacarandá que no florece, que nunca verá una tormenta entre sus
ramas, que nunca dejará en libertad a sus flores para que se unan a la guerra
entre el cielo y el infierno. Esa era la triste realidad de las historias que
se contaban en esas cuatro paredes repletas de urnas célebres. La magia en su
interior no era digna de nuestra presencia.
El ambiente
era asfixiante, no por la falta de aire, sino por la falta de ideas. Y aún no
era invierno. La triste realidad marcaba con sus agujas una premisa que un
padre nunca enseñara a su hijo: por más que una idea se marchite en el desierto
de la desidia, siempre habrá una tormenta en el horizonte, esperando para que
el viento helado de la época de cobre lo traiga a revivir las palabras que
fueron desterradas.


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