Como el
incansable humo de un tabaco en invierno crudo, las palabras brotan sin sentido
de mi boca. El espesor de un prejuicio londinense se licua con el poco aire
circundante y la realidad se bate a duelo con la ansiedad de lo incierto. Como
un espectador pasajero sólo apuesto lo necesario para quedarme a respirar el
humo embriagador de la indiferencia. La realidad es un fantasma lúgubre que
apenas se distingue entre el humo, como si quisiera pasar desapercibido y aparecer
de entre la niebla para morder la yugular de un amo distraído. La incertidumbre
es una musa apenas cubierta por un manto de duda que no deja ver claramente que
hay detrás, lo que acrecienta el deseo de rasgar el velo y recorrer su
desierto. El final está casi anunciado, lo sentí cuando esquivé la primera
voluta de humo y dentro de ella logré ver una lámpara de aceite apagándose.
La mañana
pronto hará su anunciación y finalmente veré como algunos se aprovechan de su
belleza para hacerse de un lugar en el libro de los infames. Cuando la realidad
esté por dar su estocada final, la campana de la iglesia más alta sonará y yo
habré salvado a la musa de despertar. Después de todo, esto sólo era un sueño
lejano. En la realidad la última estocada fue asestada una noche de diciembre,
y dejó mis manos imposibilitadas de tapar el sol para volver a soñar.


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