En el
desierto de mi plaza naranja sigue sonando la brisa de la confusión e insiste
en llenar mis ojos de arena. Con algunos pocos granos de sal alcanza para
apartar mi mente del farol que sostiene mi musa mientras cruza por la fuente envuelta
en su vestido de rosas acromáticas. En mi garganta, el viento se transforma en
vendaval y calla los insultos que suenan a indiferencia. Esta parece ser la
cura a toda tormenta de arena.
Me
encuentro descansando en el banco de la plaza, a mi lado hay un muro con
ventanas a la imaginación, del otro lado, una ingenua máquina simula respirar.
Al frente, mi musa alumbra con su farol, mientras salpica agua de la fuente en
mi cara para despabilarme, para agitarme. Al levantarme del embrujo puedo ver
el banco frente a la plaza naranja, se ve tan despierto, tan racional. De un
silbido, mi musa apaga el farol dejando a oscuras el desierto y el caos
comienza a propagarse. Creo que es hora de volver a soñar, es hora de volver a
deambular por las plazas desiertas, de buscar a mi musa iluminada por las rosas
de su vestido.


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