En el
merodeo del viento del norte hay un compás que me transporta a una época de
profundo carmesí, donde los pulmones aún no estaban conectados a la máquina
diaria de hacer humo. Los sonidos de la nostálgica libertad consumen el aire
alrededor y los chillidos de los monos de cemento se ahogan en las cenizas, su
liviandad jamás me arrastrará a cielos uniformes.
A través de
las nubes de humo escucho melodías y los sentidos proyectan sueños de mi
juventud que creí perdidos, siento como la ansiedad crece en las raíces y
explota en mi rostro como una mueca, recién en ese instante sucede un
paréntesis en mi inconsciencia y descubro a los monos que yacen asfixiados
alrededor. Siento las volutas de humo que incineran la realidad y las cenizas
de los monos bailan en remolinos celestiales queriendo ensordecer mis oídos. Y
río, pues la música no proviene de los malgastados engranajes de la maquinaria,
crece dentro de mí, eso las cenizas no lo saben e insisten en boicotear mi sueño
con sus chillidos.
Más allá de
mí, el sol busca victimas para incinerar, y las cenizas se esconden porque no
quieren volver a convertirse en fuego. Doy un paso hacia delante para que el
ocaso de la luna bañe de luz mi cara, incinerándome junto a la cadencia de la
música y en un torbellino de sonidos me mezclaré con las cenizas para pasar
desapercibido, para que nunca más un chillido se atreva a ensordecer mis
sueños.


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