La música
me llama a abrir los ojos y me encuentro en viaje hacia la cotidianidad, por
supuesto que afuera es de día, el sol siempre incinera las nubes desde temprano
en esta época del año. Aún no se como aparecí acá, si estoy caminando o recién
aprendiendo a despertar. El sol siempre vuelve confuso el día en esta época del
año. Viajo en una cápsula de humo por los ríos de cemento y todavía no se como
llegué acá. La música, atemporal, no marca el compás de las botas y me ahogo en
una aguja de humo. Estos ambiguos despertares de solsticio alimentan el
espíritu surrealista, pero confunden al timonel y casi no distingo si la música
suena en los sueños o es el sonido de la realidad que trina sobre el manzano,
detrás del vidrio. El humo frente a mí me mantiene en un estado de vacilante
percepción y no distingo las chimeneas de los sueños. Que placer es existir
tantas múltiples veces en un estado de simultánea embriaguez. Las mañanas de
solsticio son así, ambiguas, simultáneas, embriagadoras. El reflejo del sol no
permite ver si es un sueño o estoy despierto en realidad, prefiero creer que
esto es un sueño, que la cápsula donde viajo es mi desierto y la música que
suena alrededor es mi musa que aún debe estar en el oasis, durmiendo, soñando
con viajeros del tiempo en desiertos de humo, soñando con un dulce amanecer que
ya ocurrió y que yo nunca volveré a ver mientras dure el solsticio eterno.
jueves, mayo 31, 2012
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