En un
arranque de paranoia me vi parado en el borde de un semáforo. La recurrente
imagen de cuerpos marcados en asfalto me perseguía como una moraleja a una
liebre. Me perseguía hace ya incansables noches y sentía que la desgracia de
cumplir con el deber de callar el sonido de las campanas me alcanzaría.
Mientras esperaba que el infierno se consumiera y el hombre de sombrero
amarillo me guiñara su ojo, vi pasar una desafortunada silueta que pronto marcaría
el piso. Tal vez no me suceda hoy, pero mi paranoia no dejará pasar la
oportunidad de decir “te lo advertí”. Y el rojo en el semáforo se desvaneció.
Del otro
lado de la ciudad, en un deja vú, un semáforo convertía los espejos en jardines
y él estaba parado al borde de un semáforo, absorto frente al descubrimiento de
la desfragmentación de la luz, esperando que un fantasma lo alcance y confirme
su último presagio. El eclipse duraba una eternidad, y más reflejado en sus
ojos, que ya casi se quebraban por el miedo. En su paranoica espera vio pasar
una alma gemela, el verde fulgor del jardín urbano se reflejaba en su frente.
De repente el tiempo se detuvo para aquella desafortunada alma, es que el
tiempo le regaló la oportunidad de ver su suerte reflejada en los ojos de aquel
paranoico guardián del cruce de caminos. Pudo ver la marca que dejaría su
silueta junto a los espejos.
El tiempo y
el espacio se olvidaron de sus leyes cuando, en aquella esquina del desierto se
juntaron los cuatro viajeros. Cortésmente, el único testigo de la tragedia,
juntaba el cielo y el infierno bajo su sombrero amarillo. El violeta del cielo
contrastaba con el negro de la suerte de aquellos viajeros, cada uno cumpliría
con el destino que vieron reflejados en los ojos del otro, una vez más se
pondría en funcionamiento el artilugio que decide de quién es el turno de
quedarse y de quién es el turno de huir.
Buen viaje héroe
anónimo!


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