Sobre el
boulevard el amanecer se multiplica y se deshoja en mil pétalos blancos que me
anuncian que el amanecer despertó hace mucho tiempo. Cruzo la calle y dejo mi
espíritu salvaje enganchado en el cordón de la mañana eterna, a diferencia del
invierno la plaza ya está atestada y me aturde antes de pisar el lodo, es que
las mañanas son de madrugar y ya me despierto conciente. Cada chimenea que
cruzo me intoxica con su aroma a modernidad y busco algún rastro de
renacimiento en mis recuerdos, hasta la utopía futurista era menos voraz que
este día. Pero mis recuerdos quedaron del otro lado del boulevard.
En la plaza
amanecida los dueños del mundo quieren digitar el códice a su antojo, pero
olvidan que yo sé que detrás de las máscaras encandiladas por el sol se
esconden fantasmas que no sueñan, que no alimentan el alma, que solo viven para
dormir y duermen para despertar y poder vivir sin que el sueño los venza. Yo se
que al final venceremos, lo soñé hace muchos inviernos, cuando el insomnio aún
intentaba tentarme.
Algunas
veces el día comienza antes de dejar de soñar y todo se vuelve incierto, en la
plaza los mercaderes de la verdad intentan vender un reloj que se ancla en los
tobillos, esquivo sus ojos y ensordezco sus palabras, pero los escucho reír
mientras traspongo la plaza, se burlan porque saben que dejé de soñar antes que
el día empiece y creen que me derrotaron, que podrán mover las agujas del reloj
a su antojo. Y se creen inalcanzables, dueños de los sueños. Ríen creyendo que
con un soplido podrán controlar el humo de las chimeneas, que con un
despertador podrán controlar los sueños. Y río por dentro, es que ellos, los
dueños del mundo y la verdad, no saben que terminarán metiendo su zapato en un
charco de lodo como cualquier otro viajero en la plaza y yo estaré esperando
para cruzar el boulevard. Yo aún estaré soñando.


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