Llego a una
ciudad recurrente, veo las calles a través del cristal de los sueños y en ellas
me veo existir simultáneamente. La oscuridad de los pasajes de ladrillos grises
se manifiesta en volutas de humo que brotan de las cabezas de los transeúntes.
Veo como me desplazo en una carrera contra fantasmas de arena y sal, volátiles
como el humo que inunda las calles. A través de él me veo, corriendo en
existencias simultáneas, buscando algún destino que no sé interpretar aún. Al
juicio de mis ojos busco algún tesoro perdido en otra era, cuando los sueños se
manifestaban frecuentemente y solía dejar mis amuletos dispersados entre la
bruma para volver a buscarlos la noche siguiente, como en un juego de dudosa
circularidad, pero que era divertimento del público más exigente.
Me veo
detenerme en un sobresalto, el ruido en el abismo me llama la atención, debajo
pasa el tren y casi no se distingue donde comienzan los edificios, es que la
bruma vuelve todo tan incierto, tan continuo. En la ventana frente a mis ojos
veo a mi musa encendiendo un cigarrillo, en el humo se fugan sus preocupaciones
y en el sol que atardece con cada respiro se consumen sus caprichos y su alma
queda libre de cargo y culpa en una sola bocanada. Ahora que su cuerpo es liviano
como el humo del hielo seco, mira a mis ojos y coquetea con la idea de saltar
el puente que crece de la ventana y acompañarme en mi travesía urbana a través
de la oscuridad de las paredes.
Me veo
escapando de la mano de mi musa en mi múltiples existencias, suelto su mano, la
recupero y corro, mis presencias nunca se cruzarán entre ellas pero comparten
un mismo destino, un mismo camino a través de los anillos de humo que yo mismo
escupo sobre mi cara. Veo a mi musa correr de la mano de cada uno de mis
significados, esquivando bocanadas, sobreponiéndose en cada esquina del teatro.
En las
afueras de la ciudad, los necios discuten quien será el próximo en crucificarse
en pro de su causa. Discuten sobre la cantidad de cajas de cartón que usaran
para cimentar su ciudad y con cuantos relojes evitarán dormirse, para no perder
siquiera un grano de sal de la dulce realidad. Me veo escuchándolos, me veo
reír de su insomnio, en sus caras como un loco esperando que la ignorancia les
impida entender el sonido que emiten mis dientes grises como los ladrillos del
teatro de mis sueños, como las volutas de humo que me esconden en mis sueños.
Me veo
multiplicarme en bocanadas de humo y volver a ver la ciudad a través del
cristal mientras río y dejo que los necios se sacrifiquen unos a otros en
cruces fútiles. Veo como existo simultáneamente en las volutas de humo que
exhala mi musa, que toma mi mano y corre a buscar algún amuleto que dejé, hace
instantes, escondido tras la bruma. Veo como corremos en un paso de sincronismo
perfecto, jamás me atreveré a volver a aburrirme con la realidad porque
mientras mi musa construya ciudades con el humo de su boca nunca dejaremos de
correr y buscar.

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