Todo mi
ser, carne y hueso, cristal y hierro, se envuelve en cintas de música. La
necedad circundante sólo deja lugar para la abstracción del ser, cada idea que
quiera sobrevivir a estos tiempos necios deberá resguardarse en su cámara
oscura esperando un haz de luz que proyecte los sueños. Al fin y al cabo Kepler
tenía razón. Las explosiones se suceden como en una guerra donde las balas son
palabras sin sentido, la pólvora son las ideas vacías y las armas son los
necios, que condenan la libertad silenciosa del loco y le quitan la poesía de
una perdigonada de imbecilidad, convirtiéndolo en un insignificante transeúnte.
Esas mismas bestias son las que caminan impunemente por las calles, mientras
nosotros, los soñadores debemos exiliarnos en nuestra locura, esperando que la
realidad quede del otro lado de las ruinas.
En la
puerta de la abstracción encontré un libro, en su tapa Boticelli filosofaba
sobre mujeres muertas, adentro se imprimía toda mi fobia, toda mi obsesión y
parte de mi locura, la otra parte la guarda mi musa en su pecho, sacrificando
su propia cordura para que el desierto no sea incinerado por mi mitad más
oscura.
Afuera de la
cámara se sienten las explosiones, la contrarrevolución busca aplanar las
mentes. Adentro me envuelvo en sonidos abstractos y resguardo el cristal y el
hierro de las palabras necias, resguardo la poesía y a mi musa del frío fuego
de las balas. En su pecho descansa mi locura, esperando que recoja el libro de
la entrada y cierre la puerta para poder disfrutar de la música que proyecta el
haz de luz en mis sueños. Y una vez a salvo, salir a convertir en cenizas la
guerra de los necios, consumir todas sus palabras, destruir los diccionarios
donde la realidad pueda resguardarse y los necios puedan sobrevivir y volver a
complotar. Salir a derretir para siempre la intrascendencia de su existencia,
quemar el velo alrededor de nuestros ojos y devolver al mundo hecho desierto su
belleza, su silencio, dejar que el sonido del viento sea nuestro lenguaje y que
para comprender a mi musa solo haga falta ver el horizonte reflejándose en sus
ojos.


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