miércoles, febrero 08, 2012

La guerra de los necios


Todo mi ser, carne y hueso, cristal y hierro, se envuelve en cintas de música. La necedad circundante sólo deja lugar para la abstracción del ser, cada idea que quiera sobrevivir a estos tiempos necios deberá resguardarse en su cámara oscura esperando un haz de luz que proyecte los sueños. Al fin y al cabo Kepler tenía razón. Las explosiones se suceden como en una guerra donde las balas son palabras sin sentido, la pólvora son las ideas vacías y las armas son los necios, que condenan la libertad silenciosa del loco y le quitan la poesía de una perdigonada de imbecilidad, convirtiéndolo en un insignificante transeúnte. Esas mismas bestias son las que caminan impunemente por las calles, mientras nosotros, los soñadores debemos exiliarnos en nuestra locura, esperando que la realidad quede del otro lado de las ruinas.
En la puerta de la abstracción encontré un libro, en su tapa Boticelli filosofaba sobre mujeres muertas, adentro se imprimía toda mi fobia, toda mi obsesión y parte de mi locura, la otra parte la guarda mi musa en su pecho, sacrificando su propia cordura para que el desierto no sea incinerado por mi mitad más oscura.
Afuera de la cámara se sienten las explosiones, la contrarrevolución busca aplanar las mentes. Adentro me envuelvo en sonidos abstractos y resguardo el cristal y el hierro de las palabras necias, resguardo la poesía y a mi musa del frío fuego de las balas. En su pecho descansa mi locura, esperando que recoja el libro de la entrada y cierre la puerta para poder disfrutar de la música que proyecta el haz de luz en mis sueños. Y una vez a salvo, salir a convertir en cenizas la guerra de los necios, consumir todas sus palabras, destruir los diccionarios donde la realidad pueda resguardarse y los necios puedan sobrevivir y volver a complotar. Salir a derretir para siempre la intrascendencia de su existencia, quemar el velo alrededor de nuestros ojos y devolver al mundo hecho desierto su belleza, su silencio, dejar que el sonido del viento sea nuestro lenguaje y que para comprender a mi musa solo haga falta ver el horizonte reflejándose en sus ojos.

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