Un domingo
de enero, como un cuchillo clavado en el ojo un día cualquiera a mitad de la
noche, alejó de una bocanada la locura del joven diciembre y se acentúa cada
vez más el contraste entre mi piel y la siesta de los pájaros. La ciudad ya no
luce tan voraz y maternal como una mantis, se recuesta sobre la pradera de los
locos que se animaron a enterrar su cuerpo dejando fuera su humeante cabeza
para poder gritar. La veo dormir, incendiar el bosque con cada respiro y
regalarme el bello paisaje de cabezas fumantes. Que bellos son los domingos de
enero en el bosque de pensamientos volátiles. Que bello es ver al tiempo
perderse en una voluta de humo sin más preocupación que saber cuando termina
enero.
martes, enero 24, 2012
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