Me
encuentro atrapado sin salida entre barrotes de palabras sin sentido, entre la
desidia del ignorante y la pared. Debo buscar la forma de cavar en la pared y
escapar. La presión es cada vez más fuerte y el muro es cada vez más grueso.
Los ignorantes ríen como hienas y rasgan mi cansada espalda mientras trato de
encontrar algún ladrillo suelto que me permita ver el cielo y respirar el aire
fresco de la soledad. Las bestias se vuelven más violentas con cada respiro que
doy, como si percibieran el miedo a ser como ellas, alimentadas de historias
vacías, mínimas, intrascendentes.
Y la pared
es cada vez más alta.
Las bestias
están demasiado cerca y su risa me aturde, la cabeza va a estallar dejando
entrar el aliento de las bestias en mí. Pero a través del muro escucho una
melodía lejana, que se acerca destruyendo todo a su paso, sembrando el caos y
la locura.
Y la pared
comienza a temblar.
Y las
bestias se impacientan, como si percibieran que ya no siento miedo.
Los
ladrillos comienzan a caer uno a uno, el cielo se vuelve azul, el sol, blanco
como el fuego ártico y la brisa se abren camino entre la pared y refrescan mis
oídos. Las bestias ya no ríen, saben que, al caer el último ladrillo, el fuego
blanco incinerará su frágil y absurda existencia y la brisa esparcirá sus
cenizas por el mundo, para que las demás bestias sientan la indiferencia y se
inmolen bajo el sol blanco. Para que las demás bestias extingan su vacía vida
bajo los escombros de la pared.


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