Como un
manifiesto futurista, el caos de la ciudad sostiene mi locura. Las flores de
septiembre deberían estar creciendo pero nada nace en éste lado del desierto.
Allí estaba yo disfrutando de mi incoherencia, cuando, incoherentemente, sentí
la necesidad de inclinar mi cabeza hacia la realidad. La ciudad seguía siendo
un paraíso del futurismo, pero a mi lado una hiena reía. Y entre dientes bufaba
un lenguaje ininteligible. Su mandíbula enviaba signos de otras realidades que
sonaban abstractas para mí.
Que hago
acá? Porqué las bestias ríen? Quién me despertó de mi locura?
Existir. De
mí. Solamente fui yo.
Esas fueron
las respuestas que la arena envió.
A mi lado
la hiena reía y entre sus dientes escapaban signos que no logro entender. Quise
volver al sueño, pero el ruido de la ciudad no me dejó, o era la risa de la
hiena. Presioné mi cabeza contra el cristal para romperlo y traspasar la
realidad, en el instante en que el vidrio crujió escuché las palabras que con
su risa la hiena repetía. Eran consejos vacíos, necios, como ella misma.
Disfuncional como su risa. Hablaban de cómo vivir en realidad, de cómo dormir
sin soñar, de cómo despertar para nunca mas despertar. Y me pregunté de que me
querría convencer, donde me querría llevar, en que mundo coherente y real me
quería atrapar. En ese instante recordé que en mis sueños una musa me advirtió:
“no confíes en las palabras de los buenos consejeros, solo quieren
ver morir tus sueños en realidad”
El instante
pasó y el cristal estalló y de un salto desperté a lo que los buenos consejeros
llaman locura, a mi dulce irrealidad.


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