miércoles, octubre 26, 2011

Buenos Consejeros


Como un manifiesto futurista, el caos de la ciudad sostiene mi locura. Las flores de septiembre deberían estar creciendo pero nada nace en éste lado del desierto. Allí estaba yo disfrutando de mi incoherencia, cuando, incoherentemente, sentí la necesidad de inclinar mi cabeza hacia la realidad. La ciudad seguía siendo un paraíso del futurismo, pero a mi lado una hiena reía. Y entre dientes bufaba un lenguaje ininteligible. Su mandíbula enviaba signos de otras realidades que sonaban abstractas para mí.
Que hago acá? Porqué las bestias ríen? Quién me despertó de mi locura?
Existir. De mí. Solamente fui yo.
Esas fueron las respuestas que la arena envió.
A mi lado la hiena reía y entre sus dientes escapaban signos que no logro entender. Quise volver al sueño, pero el ruido de la ciudad no me dejó, o era la risa de la hiena. Presioné mi cabeza contra el cristal para romperlo y traspasar la realidad, en el instante en que el vidrio crujió escuché las palabras que con su risa la hiena repetía. Eran consejos vacíos, necios, como ella misma. Disfuncional como su risa. Hablaban de cómo vivir en realidad, de cómo dormir sin soñar, de cómo despertar para nunca mas despertar. Y me pregunté de que me querría convencer, donde me querría llevar, en que mundo coherente y real me quería atrapar. En ese instante recordé que en mis sueños una musa me advirtió: “no confíes en las palabras de los buenos consejeros, solo quieren ver morir tus sueños en realidad”
El instante pasó y el cristal estalló y de un salto desperté a lo que los buenos consejeros llaman locura, a mi dulce irrealidad.

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