Me dirimo
entre las falsas arpías (por lo menos las arpías tiene honor) que reclaman mis
ojos, y las hienas que ríen como burlándose del maldito lunes que ha desaturado
mi piel. Las hienas ríen y muestran sus desgarradores dientes que desgarran mi
alma, y las escucho con tristeza, con lástima, al verlas agotadas, consumidas,
vacías, sacrificables. La lluvia golpea el techo y las voces taladran mi
cabeza. La ciudad se ve gris, distinta, poética, desierta. Yo prefiero caminar
bajo la lluvia, prefiero ser gris, perderme en la ciudad y alejarme de la horda
de hienas que con la risa buscan convertirse en arpías y arrancarme cada uno de
los sentidos. Las arpías se quedan bajo techo, porque la lluvia no las deja
volar, encerradas por barrotes de agua que mantienen a salvo su mente, en
blanco, insignificante. Yo traspaso el manto de chillidos, gritos, risas y
puñales y trasciendo, sin necesidad de saturar mi imagen. Trasciendo en gris,
sin fulgor, sin detonar en mil parlantes. Sólo trasciendo, desaturado, por la
ciudad, sobre el manto gris, sobre la jaula de las arpías.
martes, septiembre 20, 2011
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