Las hienas
ríen, el ensordecedor chirrido de sus dientes retumba por todas las
habitaciones. Sólo los niños callan las risas con su terrible inocencia.
El
insoportable sonido gana cada batalla, las hienas jamás permitirían que su risa
sea silenciada. Pero los niños, cada vez más inocentes, no dejarán que ninguna
risa quebrante su alma.
La disputa
por el éter verá caer la arena por eternidades, las risas se vuelven una
onomatopeya constante en si mismas y la inquebrantable inocencia de los niños
permanece inmutable ante el ensordecedor sonido.
La tormenta
durará siglos y el ajado espejo comenzará a quebrarse, como el damero de las
habitaciones.
El reflejo
de mi alma fragmentado es inconfundible, cada línea que proyecta el espejo es
una nueva marca en mi piel. Del otro lado están ellos, librando su eterna
batalla, como si la inocencia de los unos y la obstinación de los otros
ensordecieran el golpe de las agujas del reloj.
El espejo
se quebranta infinitamente y veo como mi alma se divide en millones de
habitaciones que mi conciencia no se anima a iluminar, las mismas que mi
inconsciencia no se anima a transitar.


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