Parado
frente a una pared de incoherencias, dudo si gritar o traspasarla infiriéndole
la inexistencia que se merece.
En ese
estado dubitativo me percato de que la mañana no es tan gris como la había
soñado.
El haz de
luz, que metódicamente me persigue cada mañana, ya comienza a marcar el rostro
de aquellos que aún están resguardados bajo sus sueños.
Los marca
esperando que algún impío pasajero los acuse de no sentir el disgusto de la
realidad a pesar de la asfixiante luz.
Veo por última
vez las caras de los soñadores para no olvidarlas en el desértico camino a la
indiferencia
El calor
del viento me empuja a través de las angostas calles, raspando mis codos contra
las paredes, recordándome cuán real es la luz del día.
Tres
tormentas después recobro la vista, frente a esa pared que, incoherentemente,
derrumbo cada tarde y cada tarde vuelve a crecer.
Parado
frente a ella, dudo si gritar o declararla inexistente, pero todo esfuerzo es
en vano, cada mañana será igual.
Sólo resta
resistir y esperar que algún día el sol quede atrapado detrás de la pared y me
deje soñar un día entero.


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