Cuanta
tristeza hay en el cielo que, eclipsado, no deja caer una sola pena.
Es como una
triste luz que, obstinadamente, nunca dormirá de nuevo por miedo a soñar.
Cuanto
vacío hay en la extinción de las palabras, que lastiman al arder de tanta
insignificación.
Es como una
nube que, obstinadamente, le niega el sol a un triste viajero.
Cuanta
desidia hay en las orillas del canal, donde el agua turbia consume las luces de
los faroles antes de poder ver como las páginas se convierten en cenizas.
Es como una
llama que, obstinadamente, pretende arder por siempre sobre el mismo leño.
Cuanta
ironía hay en la respiración de los indignos, que de tanto desear la libertad,
se ciegan al ver el cielo eclipsado.
Es como la
belleza del eco que, obstinadamente, es desperdiciado en el vacío.
Cuanta paz
existe en la áspera brisa de Octubre, que erosiona la mente de los indignos.
Es como la
tranquilidad de saber que ellos, obstinadamente, nunca verán el amanecer detrás
de la tormenta.


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