Con el
amanecer alzándose como el único hecho certero de la mañana, me lanzo a la
carrera diaria de la que nunca me sabré vencedor.
En mis ojos
las estrellas son incineradas por el sol, que ya comienza a dejar marcas en la
espalda. Pero la introspección es imperturbable detrás de mis párpados
cerrados. Y de la oscuridad comienza a brotar el sonido que me hace olvidar el
amanecer, el sol y las estrellas cayendo en llamas frente a mis ojos.
Llego
flotando sobre la calle. Mis pies apenas si tocan el aire. Mis oídos apenas si
escuchan los gritos de las chimeneas quemándose bajo el fulgor de la realidad.
En mi
cabeza aún resuena el eco del dulce sonido de la oscuridad, que me hace
recordar la locura, el agua convertida en sangre, las estrellas convertidas en
poesía.
Llego
flotando sobre la ciudad. Mi cabeza apenas si toca la realidad. Mis sueños
apenas si sienten el acecho del amanecer que ya consumió las estrellas, pero
que consumirá su fulgor antes que el gemido de las chimeneas ensordezca el
dulce sonido de la poesía hecha canción.


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