Las
ennegrecidas chimeneas se sostienen unas a otras, en fila, esperando el momento
para contar los ladrillos de su servil existencia. La maquinaria incineró el
color de su auge y consumió la inocencia de su piel, como el otoño madura la
inocente niñez del verano.
El humo de
las chimeneas se agazapa bajo el metálico abrazo que promete mantener a salvo
el fuego de su interior, para luego separar sus manos y dejar que la lluvia
oscura apague el sueño que, con tanto esfuerzo, disiparon por el mundo a
cuestas del humo de su corazón consumiéndose.


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