Me refugio
de la lluvia en las calles húmedas de algunos recuerdos que parecen no haber
lavado su inocencia en las turbias aguas de la realidad.
Refugio mis
sueños en un diapasón que resiste el óxido del tiempo. Pero no todos los sonidos
fueron soñados para romper los cristales y no todos los diapasones fueron
hechos para proteger a los sueños de la realidad.
El cruce de
las vías se ve solo, desamparado, tenebroso. Mi mente juega con mis sueños y confunde la realidad con chillidos
macabros, que estremecen las sombran entre la niebla.
Mientras
atravieso la oscuridad del día que nace pienso que, tal vez, el crujir del
metal sí fue hecho para romper los cristales y dejar entrar el helado viento de
la realidad.
Solo,
desamparado, tenebroso, trato de refugiarme en la abstracción de las paredes,
pero el chillido del metal penetra hasta el sueño más inocente.
Trato de
volver al sueño, pero me desvela la melancolía de las vías solitarias,
crujiendo bajo la húmeda noche.
Trato de
volver a soñar, pero el penetrante chillido no me dejará hasta que el sol
someta a la noche.
Por suerte
aún conservo el recuerdo de la inocencia.
Por suerte
aún llevo mi diapasón en un bolsillo.
Por suerte
aún suena bajo la lluvia.


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