La mañana
de invierno promete ser cada vez más oscura, el frío carcome mis manos y la
paranoia mi espalda. Siento las sombras de la realidad merodeando, siento su
acarreo a cada paso que doy. Volteo rápido! Agitado. Pero nunca hay nadie, sólo
el helado silencio de una calle oscura, típica de una mañana de invierno.
Parado en
aquella esquina, los minutos consumen el aire y las sombras consumen mi frágil cordura. El cielo, cada vez mas violeta, ya no ampara mi piel y siento como se
rasga al escuchar el silencio del viento. A lo lejos, una luz naranja,
perdona a todas las sombras hasta el próximo amanecer y una vez a
salvo de las ilusiones urbanas, me pregunto ¿Para qué?
¿Para qué
soportar el frío de las sombras en mi espalda?
¿Vale la
pena esperar el perdón cada mañana?
Una vez a
salvo de mi paranoia me pregunto ¿Cuánto tiempo más voy a perder esperando que
el silencio por fin acabe?
¿Cuándo me
daré cuenta que en esa esquina me dejó olvidado el invierno?


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