Escucho a
las bestias transpirar, su hedor me encierra en mi caja de cristal. Siento como
rasgan la puerta con sus garras dejando las marcas que servirán, en el futuro,
para recordar su insignificancia, cuando ya no estén, cuando los cristales
rotos de mi encierro hayan extinguido a cada una de ellas, como se extingue el
sol en una tormenta de heridas, todo los días, cuando el reloj recorre sus tres
cuartas partes de espinas.
El merodeo
de las bestias me obliga a abstraerme en mi cámara oscura, de poesía y
recuerdos. Entre las sombras veo un haz de luz que se descompone en mil colores
y recuerdo qué hacía yo acá, cual es mi sentido, cuales eran los cuellos que
debían sangrar. Hace mucho tiempo que desperté a esta triste realidad y sin
darme cuenta me dejé tentar por el insomnio, parecía tan inofensivo, tan
racional que mi alma se aventuró a tocar los colores del mundo real. Es que
todo se veía tan real. Pero detrás del manto de verdad se escondía el frío gris
del colmillo de la bestia. Y pronto fueron miles y me dejé morder el ojo para
nunca más poder cerrarlo. Por instinto o por azar, terminé en esta cámara
oscura y en las paredes leí mi confesión: “no te dejes despertar, vuelve a
dormir, solo sigue tus instintos, en algunos momentos los colmillos grises te
van a atrapar pero los sueños son para resistir, sólo sigue tus sueños, tal vez
es lo único que separa a un soñador de las bestias”. En ese instante el cuello
de las bestias se quebró y el sonido me hizo recordar que era hora de dormir,
era hora de dejar la realidad.

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