martes, noviembre 22, 2011

Cenizas del desierto

Aprendo a caminar de nuevo, marco los pasos en el desierto. En una caja llevo el cristal, en otra caja de cristal llevo las cenizas de lo que alguna vez fueron sueños. Algunas veces escucho melodías melancólicas y me abstraigo en una caja de cartón, con pequeños orificios, para poder respirar más no para poder mirar. No los necesito. No necesito ver que hay más allá. Afuera todo es tan gris, tan monótono, tan aburrido.
La caja muta en colores que ni los fauvistas hubiesen soñado (o tal vez si), que de solo ver su destello los hubiera llevado a la locura. Y los veo y me entrego a ella sin pensar demasiado. Es que afuera todo es tan triste, tan indiferente.
Voy por el desierto aprendiendo a caminar de nuevo. No olvidé como hacerlo, solo lo reemplacé por colores nuevos que aprendí. Colores que me llevarán a la locura, que me mostrarán melodías que volverían loco a un fauno y lo extinguiría en una noche de verano, en el sueño de esa noche.
Viajo por el desierto en una caja de cristal, adentro llevo mi propio desierto y en su cielo hay colores que volverían loco a un soñador. A través del vidrio, por encima del horizonte, veo el cielo del desierto, es tan monótono que haría llorar a un fauvista, es tan triste que haría callar a un fauno.

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