Aprendo a
caminar de nuevo, marco los pasos en el desierto. En una caja llevo el cristal,
en otra caja de cristal llevo las cenizas de lo que alguna vez fueron sueños.
Algunas veces escucho melodías melancólicas y me abstraigo en una caja de
cartón, con pequeños orificios, para poder respirar más no para poder mirar. No
los necesito. No necesito ver que hay más allá. Afuera todo es tan gris, tan
monótono, tan aburrido.
La caja
muta en colores que ni los fauvistas hubiesen soñado (o tal vez si), que de
solo ver su destello los hubiera llevado a la locura. Y los veo y me entrego a
ella sin pensar demasiado. Es que afuera todo es tan triste, tan indiferente.
Voy por el
desierto aprendiendo a caminar de nuevo. No olvidé como hacerlo, solo lo
reemplacé por colores nuevos que aprendí. Colores que me llevarán a la locura,
que me mostrarán melodías que volverían loco a un fauno y lo extinguiría en una
noche de verano, en el sueño de esa noche.
Viajo por
el desierto en una caja de cristal, adentro llevo mi propio desierto y en su
cielo hay colores que volverían loco a un soñador. A través del vidrio, por
encima del horizonte, veo el cielo del desierto, es tan monótono que haría
llorar a un fauvista, es tan triste que haría callar a un fauno.

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