Escucho
música de una juventud insignificante, el psicoanálisis parece reírse de la
adolescencia. Veo soñadores inexistentes tocando pasados que en el presente
sonarían a futuro. Cuánta poesía hay en una juventud? Dónde quedó el sueño
aquel.
En las
sombras veo sombras danzantes tratando de recordar el hechizo del sueño de una
noche de verano. Pero el invierno se atrasó y el viento helado aún entra por la
puerta. El tiempo se acelera y me muestra que no supimos dejar entrar la
sabiduría, que nos distrajimos buscando la juventud eterna, que nos dejamos
lastimar con la melodía de un fauno engañoso que nos convida mieles en vasos de
cristal manchados.
Las sombras
despiertan del trance y el ritual termina, en la boca queda el sabor amargo de una
medicina que no cura las heridas y veo indiferentemente a las sombras, ya había
despertado cuando las sombras aún bailaban y mi cabeza filosofaba sobre
adolescencia y psicoanálisis. Vi como el fauno hechizaba al tiempo y como las
sombras envejecían sin saberlo. Vi como mi rostro se hundía en las sombras y mi
mente disfrutaba inconscientemente la melodía del fauno.


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